Ella se preguntaba en medio de las aguas, cuando sería el momento de dejar de naufragar, si había perdido sus remos y tenía las manos rotas, pasaban los días, las horas, los meses, y sus lágrimas seguían rodando por sus mejillas, ella no tenía ninguna esperanza de ser rescatada de en medio de ese océano que cuando regresaba a su barca, era más despiadado, cada vez era más lejano ese día, y la noche más lúgubre.
No había ni una sola luz en medio de la oscuridad de aquellas noches, había un frío abrumador en esa barca de madera que cada vez se despedazaba más con la entrada del agua, estaba tan destruída por aquel mar, que cuando llegaban las tempestades, ella se regocijaba en una esquina esperando a que por fin pasara la marea, dolía el alma cada ola rompiendo cada pedazo de ella, y las astillas se enterraban en sus manos, no podía sacar más aquella agua salada, ya no le quedaba ni una gota de aliento en cada suspiro…
Di, ¿qué haces?, le decía el ángel, ¿aún no puedes salir de la tempestad?, pero ¿ya había calma en la marea?, ¿de donde volvió ese mar bravío a destrozar lo poco que habías construido de la barca para poder seguir remando y llegar a la orilla?, ella no encontraba una respuesta, sus manos y su voz estaban tan cansadas que simplemente espero acostada en la esquina de su barca, a que llegara su fin, ella perdió todas las esperanzas de salir de aquel camino lleno de espinas y lágrimas.
Clama a mi y yo responderé, dice el señor, y ella responde: te ruego, restaurame.
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